El cuidado, el cuerpo y el afecto (2)

Reflexión

Dios nos crea y nos contempla con la ternura del criador a su criatura. Y desde una mirada al mundo en su diversidad, en su dolor y en sus esperanzas decide cada día implicarse en la vida de nuestro mundo y en cada uno de nosotros. Y nos envía. Dios se hace Palabra, Dios se expresa en la relación y se haceencuentro con el hermano.

Recuerdo una vez una reunión entre adolescentes y unas religiosas de clausura en un animado diálogo donde todos aprendían de todos, un chico la preguntó a la monja: «¿Qué es lo más costoso de la vida en el monasterio?» El joven esperaba la respuesta: el horario, la disciplina monástica, la rutina. La religiosa con sencillez y transparencia le respondió: «La vida en común». Y añadió que era a la vez lo más rico. Sin decirlo con estas palabras se estaba reriendo a la conversación espiritual.

Se ha dicho, con acierto, que Ignacio de Loyola fue un apóstol de la conversación. De ahí nacen los Ejercicios Espirituales. Para vivir esta realidad el Padre maestro Ignacio nos recuerda que hay que salir del propio amor querer e interés, que hay que salvar la proposición del prójimo, que hay que preguntar más que armar con rotundidad, que hay que adaptarse o, dar las orientaciones que el otro pueda descansadamente llevar. En denitiva, no el mucho saber (ideologías, prejuicios, controversias, que pueden ser buenas en determinadas circunstancias) harta y satisface el ánima. El respeto al otro en la conversación debe dejar espacio para que se pueda sentir y gustar. Paradójicamente la comunicación espiritual pide silencio y, a menudo, compartido.

Una espiritualidad excesivamente centrada en la acción, en los proyectos, en las programaciones, en los planes estratégicos, en la ecacia... y ¡todo ello muy necesario! No nos deja crecer. Y, pongo el acento en el «excesivamente» porque no ayuda a una vida más humana, más gratuita, más sencilla, más alegre, más servicial. Para buscar y hallar la conversación espiritual hay que crear un humus donde ello sea posible.

La conversación espiritual no pretende hablar necesariamente de temas «piadosos», sino de compartir aquello que nos importa en la vida: nuestras mociones, nuestros fracasos, nuestras esperanzas, nuestra oración, nuestra pobreza, de dónde sacamos las fuerzas para vivir, es muchas veces algo cercano y sencillo.

En la tradición ignaciana la conversación espiritual está vinculada al discernimiento apostólico, al diálogo con los «diferentes», a sentirnos hermanos unos de otros porque aprendemos de todos. Y a practicar la salida de uno mismo, comprender las culturas, religiones o modos de pensar distintos. Estamos llamados con toda la humanidad a hacer presente el plan de Dios de justicia, de amor y de paz.

Sagrada Escritura

Dos de los discípulos iban a una aldea llamada Emaús, distante a unas dos leguas de Jerusalén. Iban comentando todo lo sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona los alcanzó y se puso a caminar con ellos. Pero ellos tenían los ojos incapacitados para reconocerlo. Él les preguntó:

«¿De qué vais conversando por el camino?» Ellos se detuvieron con semblante aigido, y uno de ellos, llamado Cleofás, le dijo: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que desconoce lo que ha sucedido allí estos días?» Jesús preguntó: «¿Qué cosa?» Le contestaron: «Lo de Jesús de Nazaret, que era un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo. Los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucicaron. ¡Nosotros esperábamos que él fuera el liberador de Israel!, pero ya hace tres días que sucedió todo esto. Es verdad que unas mujeres de nuestro grupo nos han alarmado; ellas fueron de madrugada al sepulcro, y al no encontrar el cadáver, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles asegurándoles que él está vivo. También algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como habían contado las mujeres; pero a él no lo vieron».

Jesús les dijo: «¡Qué necios y torpes para creer cuanto dijeron los profetas! ¿No tenía que padecer eso el Mesías para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que en toda la Escritura se refería a él.

Se acercaban a la aldea adonde se dirigían, y él ngió seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, que se hace tarde y el día va de caída». Entró para quedarse con ellos; y, mientras estaba con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Se dijeron uno al otro: «¿No se abrasaba nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba la Escritura?»

Al punto se levantaron, volvieron a Jerusalén y encontraron a los Once con los demás compañeros, que decían: «Realmente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón». Ellos por su parte contaron lo que les había sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Lc 24, 13-35

Texto ignaciano

«Para el que da los Ejercicios Espirituales como el que los recibe, más se ayude y se aprovechen: se ha de presuponer que todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo, que a condenarla; y si no la puede salvar, pregunte cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjala con amor; y si no basta busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve»

[EE. 22]

Reflexión personal

1.¿Qué experiencias tienes de la comunicación entre nosotros? ¿Es suciente la transparencia, la sencillez en el trato? ¿Qué dicultades experimento?

2. ¿Cómo me intereso por lo que viven mis hermanos de comunidad? ¿Siento que estamos en una misión común y que las diferencias son una riqueza?

3. ¿Priorizo en mi vida apostólica la conversación espiritual con los «otros»? ¿Sé escuchar con paciencia y ternura los gozos y las esperanzas de los demás?

4. ¿Cómo vivo en mi interior que la comunidad sj es misión? ¿He sentido la presencia del Espíritu en la conversación espiritual?

Oración

Señor Jesús, te pedimos luz y claridad de espíritu para que podamos escuchar, acoger y descubrir tu presencia en medio de nuestras vidas y aportar con sencillez lo que vivimos: • que te escuchemos en las palabras gozosas o sufrientes de nuestros hermanos. • que te acojamos con respeto y cariño al escuchar a nuestros hermanos • que sintamos cómo nos acoges a través de las personas con las que nos comunicamos • que sintamos tu presencia y tu enseñanza como los discípulos de Emaús. Pere Borrás